Cuando un artista o un personaje público muere, se abre el espacio para el reconocimiento, para revisar su vida, su aporte y su espacio en la cultura popular. Son generalmente, sus últimos largos 15 minutos de fama, donde todo el mundo se vuelca hacia a él y le rinde su homenaje final.
Pero qué acaba de pasar, no alcanzaban a editar los compendios de la rubia detective de Charlie, cuando hubo que destapar los polvosos videos de Thriller y los Jackson Five. Cambian las portadas, No pueden ir dos fotos del mismo porte, uno gana y otro pierde. La última triste competencia de rating.
El ejemplo más sórdido de esto fue en 1997, cunado la muerte de Lady D opacó el deceso de la Madre Teresa. Cosas del espectáculo, cosas del rating. Seguro los espacios del bailarín de mocasín blanco anularán al documental donde la actriz registra su proceso de lucha contra el cáncer. Es más divertido ver el video de Billie Jean, yo también lo voy a ver. Estas cosas al final lo que hacen es que nos demos cuenta que somos animales bien básicos. Y no es falta de respeto por los que murieron, en esto soy un indolente, la muerte de los artistas no me causa mayor tristeza que cualquier otra muerte. Yo los conocí en una pantalla, y ahí van a seguir. Sorprende más, eso es todo. Next.
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